Vida entre muerte - La estación - Prólogo
Caía agua del cielo. No era muy tarde, pero la noche ya había cubierto la ciudad de Madrid. Era invierno y había estado lloviendo durante la última semana sin descanso. Sin embargo, aquella lluvia continuada no era el único fenómeno que había estado ocurriendo. Una extraña enfermedad, que en un principio fue confundida con otras ya conocidas, había estado asolando a la población durante la última semana.
Al principio, parecía una gripe común. Luego, cuando se dieron los primeros casos de muerte, se confundió con el ébola, debido a la similitud de sus efectos. Entonces, se activaron los protocolos adecuados y necesarios para evitar la propagación de dicha enfermedad, pero para entonces ya era demasiado tarde. No se trataba de una gripe común o mutada, ni tampoco del ébola. Aquella enfermedad era desconocida para el hombre y ya era tarde para protocolos. Ya era tarde para reaccionar.
La figura de un hombre bajo la lluvia caminaba lenta y torpemente por la calle. Sus pasos sonaban diferentes. Un paso era firme y húmedo, mientras que el otro sonaba como si algo se arrastrase por el suelo. Una pierna tenía movimientos firmes pero rígidos, pues no flexionaba la pierna del todo. Mientras que la otra estaba siendo arrastrada, tenía el tobillo destrozado y era precisamente el tobillo lo que arrastraba. Aunque, a aquella figura no parecía sentir dolor alguno, a pesar de tener el hueso descubierto.
Aquella figura gemía. Un gemido agónico, leve pero grave. El gemido de la muerte.
El rostro de aquel hombre, o lo que quedaba de él, estaba destrozado. Le faltaba la mitad de la cara, solo se mostraba el hueso con una mezcla de color rojizo y negruzco. Los ojos los conservaba, aunque se mostraban sin vida, grisáceos y cubiertos por una extraña neblina viscosa. No parpadeaba, aun cayéndole el agua del cielo sobre sus ojos. No necesitaba parpadear. Aquella «criatura» no sentía dolor. No sentía nada salvo la necesidad de comer.
Se trataba de un infectado por la extraña enfermedad que fue confundida con tantas otras. Una enfermedad que mataba al portador debido a una fuerte infección, una infección aparentemente incurable.
Pero el virus no moría con el portador. No, nada de eso.
El virus le mantenía una parte viva, la única parte que necesitaba mantener con vida; el cerebro. Conseguía mantener, a duras penas, el cuerpo con vida, lo suficiente como para conseguir moverlo y darle esa peculiar necesidad de alimentarse con carne viva. De esa manera se reproducía.
Bernardo, que así se llamaba aquel pobre desgraciado, había sido una persona normal y corriente. Tenía una mujer, una hija y un hijo ya adultos, además de un trabajo. Había sido una persona normal, pero ya no lo era, ni lo iba a volver a ser nunca.
Bernardo se sentía atraído por algo, por una luz. Tanto, que llegó a caerse al suelo al tropezar con el cuerpo de una mujer sin vida que tuvo la mala suerte de estar en el lugar equivocado en un momento equivocado. El cuerpo de aquella mujer estaba lo suficientemente devorado como para volver a levantarse.
Bernardo se volvió a levantar, ignorando con lo que había tropezado, pues el cuerpo no tenía vida alguna y a él no le interesaba. Podía haber continuado devorando aquel cuerpo, después de todo eso es lo que hacían las criaturas como él. Pero no lo hizo, estaba obcecado en una meta. Se volvió a levantar, miró al frente, gimió algo nervioso, y echó a caminar de nuevo.
Bernardo fue atraído por una luz. La luz de una nueva estación en la ciudad de Madrid. Una estación de metro y de autobuses, algo alejada por la zona norte. Dicha estación gozaba de nuevos comercios con los que pensaban atraer al público. Se había convertido en una especie de centro comercial pequeño, muy pequeño, con la ventaja de tener una estación de metro a la vez que una línea de autobuses que eran enviados a distintos pueblos de la ciudad, y a pueblos de las comunidades cercanas. Incluso se planeaba añadir autobuses a otras provincias. No había sido abierta aún debido a los acontecimientos mencionados anteriormente. Su inauguración fue pospuesta una semana más. Pero Bernardo vio algo, algo que le atrajo, y los muertos vivientes solo se sienten atraídos por una cosa. La vida.

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