VeM - La estación - Capítulo 4: El principio del fin.
Capítulo 4 - El principio del fin.
Jehú y Tone estaban en la azotea de la estación. Los destellos de las explosiones lejanas se reflejaban en sus ojos. Tone se giró al sentir los pasos de Jehú. Se asustó ya que no esperaba que nadie estuviese con él allí arriba. Se le quedó mirando y levantó la mano levemente – ¡Eh! – dijo – ¿Qué haces aquí?
– Soy el técnico de los ascensores – respondió Jehú y vio que Tone se llevaba la mano a la porra que tenía en el cinto – Tu compañero, Salva, nos abrió la puerta hace unas horas – añadió.
Tenía sentido que Tone no le hubiera visto antes. Había llegado hacía menos de una hora, por lo que no les había visto entrar, pero sí les había visto ir días atrás cuando instalaron los ascensores. Tone se relajó un poco – ¿Qué cojones está pasando? – Preguntó Jehú señalando a las explosiones lejanas.
Tone se giró hacia donde vio una de las explosiones. No lo pudo ver bien, pero juraría que uno de los aviones del ejército había lanzado algo que, tras su caída, surgió aquella explosión. Pero en ese momento se negaba a creerlo.
– No lo sé… – balbuceó. En su cabeza rondaban varias posibilidades.
Jehú se acercó a la cornisa y se asomó. Se escuchaban sirenas, el claxon frenético de varios coches, gritos de pánico, y lo peor: disparos. No había mucha gente rodeando la estación, pero sí varios coches que parecían estar parados en una especie de atasco. Aunque algunos podían verse accidentados. Había un coche volcado. Otro estaba empotrado contra un autobús. Y un pequeño grupo de coches cruzados que parecían haber tenido un accidente en cadena. Al final del todo había una especie de control policial y de allí parecían venir los disparos.
– ¿Eso son truenos? – preguntó Jehú. Llovía con fuerza y cabía la posibilidad de que realmente lo fueran.
Pero no eran truenos..
Tone negaba con la cabeza.
─ ¿Disparos?
Pero no hizo falta que Tone respondiese a esa pregunta, pues justo bajo sus pies un policía abrió fuego a lo que parecía ser un joven que corría hacia él. Aunque los disparos no parecían detenerle. Quizá no era fuego real. Podrían ser de esas bolas de goma que se utilizaban en las manifestaciones.
– ¡Joder! ¿Esto es una guerra? – Preguntaba Jehú, bastante asustado.
– No lo creo…
– ¿Y esos aviones?
Tone se quedó en silencio unos segundos, no podía tratarse de algo así – Esos aviones son del Ejército Español… No… No sé qué puede ser… Es imposible que se ataquen a ellos mismos – Entonces escucharon otra explosión cercana, y otra más lejana. Parecía el fin del mundo. Columnas de humo ascendían desde los edificios y se fusionaban con las nubes. Tone empezaba a sentirse más inseguro allí, además de aterrado – ¡Joder! – gritó mientras echaba a correr hacia el interior del edificio. Tenía miedo. ¿Y si explotaba algo cerca? ¿Y si lo que quiera que estuviesen lanzando aquellos aviones lo lanzaban contra la estación?
Jehú corrió tras él. Y continuó siguiéndolo a donde quisiera que fuese. Entraron en la Garita de seguridad, y allí poco a poco recuperaban el aliento. No dijeron nada, solo se les escuchaba jadear y la música de fondo de la radio que había en un estante, junto a los archivadores de los horarios.
Entonces un pensamiento cruzó la mente de Jehú, su mujer, ¿estaría bien? Sacó el teléfono con intención de llamarla.
– Mierda – decía Jehú.
– ¿Qué? – Preguntó Tone mientras le miraba con el móvil en la mano. Y entonces pensó lo mismo que Jehú, su mujer. Acto seguido sacó su teléfono también. Todo ese caos y ese desconcierto le hizo de barrera para pensar en algo más que no fuera su propia supervivencia.
– No hay señal – respondió.
Ambos miraron sus teléfonos, era cierto, no había señal alguna. Tone se lanzó a por el teléfono fijo que tenían en la Garita, y tampoco emitía ninguna señal. Marcó algunos números, pero no había respuesta de ningún tipo. Tone golpeó el teléfono al colgarlo.
Entonces se fue al ordenador con el que leían los correos de los superiores o rellenaban las fichas de las horas y servicios. Tampoco tenía señal de internet. Estaban encerrados e incomunicados.
Durante un rato se quedaron en silencio. La música de la radio se cortó de golpe. Tras ese silencio, se escuchó un pitido de alarma. Una voz empezó a escucharse por la radio.
– Se ha declarado el estado de Emergencia. Las fuerzas de seguridad y los servicios de emergencia están colaborando para contener los disturbios que hay en la ciudad. Se pide colaboración ciudadana – decía la voz de la radio. No era una voz que entonase mucho las palabras. Se notaba que la persona a la que hicieron aquella grabación, porque estaba claro que se trataba de una grabación, no era alguien que se dedicase a la locución –. Se ruega que se queden en sus casas. No salgan bajo ninguna circunstancia. Deben de esperar a que los servicios de emergencia acudan. Las Fuerzas de Seguridad les darán instrucciones – Entonces el mensaje se volvía a repetir.
– ¿Disturbios? Y una mierda – Replicó Jehú. Tone no dijo nada, se quedó paralizado – ¿Qué es el estado de emergencia? – Preguntó Jehú.
Tone negaba con la cabeza. Escuchar aquello realmente le preocupó. Estaba estudiando para ser policía y eso es algo que más o menos tenía reciente – Eso es algo que se utiliza en casos de perturbación de la paz o del orden del Estado – recitaba Tone como así lo había leído en sus libros.
– ¿Pero eso qué tiene que ver con unos disturbios? Aquello no eran disturbios. – respondía Jehú, bastante nervioso. Parecía estar al borde de un ataque.
La radio volvió a emitir otro pitido de alarma, y el mensaje cambió.
– Si muestran síntomas de la gripe o agresividad, deben de aislarse y esperar atención de los servicios de Emergencia. Bajo ningún concepto salgan de sus casas ni acudan a un hospital o centro médico. Deben de ponerse en contacto con el teléfono de emergencias 112 y avisar de su estado. Si conviven con alguien enfermo por la gripe, deben de aislarle y avisar a los servicios de Emergencia. Si conviven con alguien que muestre signos de agresividad sin razones aparentes, deben de aislarlo y llamar a los servicios de Emergencia – el mensaje se volvía a repetir.
Jehú estiró los brazos – ¿Y esto? ¿Qué cojones tiene que ver la gripe con el estado de Emergencia?
Tone estaba aún más preocupado – Se declara cuando hay catástrofes o brotes de enfermedades altamente contagiosas, entre otras cosas – respondía cada vez más nervioso. No paraba de mirar el teléfono, necesitaba hablar con su mujer. Ella estaba enferma y él estaba cada vez más preocupado.
– Joder – decía Jehú –, no me puedo creer que esté pasando esto –. Entonces se acordó de Miguel. Sacó su walkie. Quería saber dónde estaba Miguel para salir de allí lo más rápido posible. – Miguel, Miguel, ¿me recibes? – Pero no obtuvo respuesta.
Tone se acordó de Salva, debía de estar en algún lado – Salva, don… – sacó el walkie tsmbién y comenzó a hablar pero se detuvo al escucharse a sí mismo. Su voz venía del baño, otra vez. Tras eso, se escuchó un gemido, un gemido extraño. Tone se acercó a la puerta y dio un par de golpes – Salva, ¿estás bien?
No obtuvo respuesta, y el gemido se detuvo.
– ¿Salva?
De nuevo aquel gemido.
Tone miró a Jehú – Salva, voy a abrir la puerta – dijo mientras giraba el pomo, pero estaba el pestillo. Era un pestillo sencillo que se podía abrir con un destornillador puesto que al otro lado solo estaba la cabeza del pasador y tenía una muesca en línea recta. Tone buscaba algo con lo que poder abrir ese pestillo. Tenían un destornillador, pero no recordaba donde.
– ¿Qué buscas?
– Un destornillador o algo plano para abrir este pasador – respondió Tone. Jehú se echó mano a su bolsillo y le dio el destornillador que había usado para el cuadro eléctrico. Tone lo agarró sin decir nada y giró el pasador. Después le devolvió el destornillador y abrió la puerta.
Lo que vieron les heló los huesos, dejándolos paralizados en el umbral de la puerta.
Salva estaba de pie, frente a ellos, su rostro pálido y sus ojos en blanco creaba una imagen espeluznante. Tenía algo de vómito en la ropa, pero era un vómito extraño. Tenía un color oscuro, con manchas negruzcas mezcladas con sangre. También estaba en su barbilla. Tenía los ojos en blanco y la boca abierta. Emitía un gemido muy extraño, continuado, pero era un gemido desde fuera hacia dentro, como si inhalara aire con la garganta obstruida.
– ¿Salva? – Preguntó Tone.
En ese momento Salva se abalanzó sobre su compañero. Este le sujetó de los hombros como acto reflejo. Tone se pensaba que iba a golpearle, pero no fue así. Salva quería morderle. Rugía como una bestia. Salpicaba esa sangre negruzca hacia su cara cada vez que abría la boca en un intento por morderle.
– ¡¿Qué cojones haces?! – Preguntó Tone mientras forcejeaba con Salva.
Salva echó hacia adelante el cuello y con sus dientes rozó la cara de Tone. Estuvo a punto de morderle en el pómulo. Salva tenía mucha fuerza – ¡Ayúdame joder!
Jehú, el cual había estado mirando embobado hasta ese momento, reaccionó. Intentó separar a Salva de Tone, pero era imposible, estaba bien agarrado.
Tone, haciendo acopio de sus fuerzas, echó a caminar con fuerza hacia adelante empujando a Salva y empotrando a este contra la pared del baño. Le puso el antebrazo en el cuello para evitar que este lo moviese y le mordiera. Salva apretaba con sus dedos el cuerpo de Tone, le estaba haciendo mucho daño y le estaba clavando las uñas a través de la ropa.
– ¡Estate quieto joder! – le decía Tone a Salva, pero este no reaccionaba.
Con la otra mano, la cual ya podía liberar un poco al tener el antebrazo en el cuello de Salva, sacó la porra por puro instinto, y le golpeó en la pierna y en el torso, pero no hacía nada, era como si Salva no lo sintiera. Este no cesaba en su intento por morderle. Tone se estaba empezando a cansar, algo que le daba una desventaja contra Salva, pues este parecía no hacerlo. Tone no lo entendía. Salva estaba mal, muy mal, tenía signos de estar muy enfermo y, aun así, tenía una fuerza bruta descontrolada.
Tone consiguió zafarse, pero con ello perdió la porra. Usó su pierna derecha para ponerla detrás de las de Salva y hacer que este cayese al suelo deslizándose por la pared. Tras ello, se alejó unos pasos – ¿Qué cojones te ocurre? – Preguntaba Tone en vano, pues no obtendría respuesta.
Salva volvía a levantarse tomando una postura totalmente grotesca, como si fuese un muñeco. Tone no sabía qué pasaba y qué estaba haciendo, pero de pronto se vio con la pistola en sus manos.
– ¡Joder, Salva! ¡Estate quieto o te pego un tiro!
Salva empezó a caminar. Y Tone se alejaba paso a paso mientras le apuntaba con su pistola. Nunca había disparado a nadie. Solo a dianas de la galería de tiro. Pero nunca a nadie vivo. Apuntó al hombro, a un lugar donde no fuese una desgracia. Aguantó la respiración, no quería fallar.
– ¡¿Qué haces?! – Preguntaba Jehú. Estaba completamente descolocado. Estaban sucediendo tantas cosas extrañas de golpe que no sabía qué pensar ni qué creer.
Tone seguía apuntando, su concentración era tal que por un momento solo escuchaba los latidos de su corazón, ahogando la voz de Jehú.
Pero no disparó. No fue capaz de apretar el gatillo.
Salva estaba a punto de salir del baño.
Tone levantó el arma y le propinó una patada que lo volvió a poner en la pared del baño y quedó semisentado contra esta. Entonces cerró la puerta – ¡Rápido, vámonos!
Jehú y Tone salieron de allí. Tone cerró la puerta de la Garita con la llave, pensaba que eso lo detendría un poco.
– ¿Y a dónde cojones vamos? – Preguntaba Jehú. Pero Tone no respondió, simplemente echó a correr.
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