VeM - La estación - Capítulo 3: Horas extra.

Capítulo 3 - Horas extra.





 ─ Hay que joderse ─ decía Jehú mientras miraba el cuadro eléctrico de los ascensores de la estación comercial. El cuadro se encontraba en la azotea, en una sala cerrada donde los ascensores colgaban de sus poleas y donde se encontraban todos los motores.

Jehú era uno de los muchos técnicos de la empresa de ascensores que había instalado estos en la estación comercial. Era uno de los pocos que estaban operativos y localizables aquella noche. Parecía que media plantilla estaba de baja por enfermedad. Jehú se agachó para coger de la caja de herramientas un destornillador y, alumbrando con la linterna, buscaba cualquier signo que le ayudase a encontrar el problema que tenían los ascensores para no funcionar. Quizá un cable suelto, quizá algo mal conectado.

No encontró el fallo. Entonces chascó la lengua y tras quejarse, cogió su walkie.

─ Miguel ─ empezó a decir ─, no veo una mierda.

Jehú se mantuvo en silencio a la espera de la respuesta de su compañero Miguel. Pero no obtuvo respuesta alguna. Solo se escuchaba las gotas de la lluvia caer sobre el techo metálico. Llovía con fuerza. ─ Encima hace un frío de cojones ─ dijo para sí.

Jehú llevaba un mono gris con el símbolo de la empresa instaladora. Llevaba una gorra, aunque en aquellos momentos no la llevaba en su cabeza, pues estaba mojada y la dejó sobre la caja de herramientas. Jehú tenía el pelo algo pobre, sobre todo por la parte de arriba. Cabello oscuro y barba dura y apurada. Tenía una especie de tic, un gesto que hacía involuntariamente: levantar levemente un lado del labio en una mueca similar a una sonrisa, aunque no siempre estaba sonriendo, pero daba aquella sensación normalmente.

─ Miguel, ¿me recibes? ─ preguntó nervioso.

─ Sí ─ respondió Miguel a los pocos segundos ─. No hay nada aquí tampoco ─ añadió. Jehú se llevó el walkie a la boca para responder, pero Miguel volvió a abrir el suyo para hablar ─ Perdona por la tardanza ─ se disculpó ─. Pero es que había venido tu mujer y me la estaba tirando aquí abajo.

Jehú puso los ojos en blanco a la vez que hacía su mueca involuntaria ─ Me cago en tu puta madre, Miguel, no me jodas ─ Jehú ya estaba acostumbrado a las bromas sobre su mujer, a la que apodaron “La pelirroja”. Pero, como muchos días, aquel no estaba para bromas ─ Démonos prisa, joder, quiero terminar esta puta hora para largarme a mi puta casa con mi mujer.

─ Yo también quiero irme a tu casa con tu mujer ─ bromeó de nuevo.

Miguel estaba en otro lado de la estación, en la zona subterránea. Bajo los ascensores había una cabina, una especie de cámara de aire, donde se encontraban los cables de los ascensores y los topes amortiguados por si estos se descolgaban. Miguel estaba alumbrando con la linterna hacia arriba para poder ver el suelo de los ascensores y así detectar si había algo obstruyendo, pero no parecía haber nada. Al menos no podría verlo desde ahí, pero tenía que mirar si las poleas estaban bien en la parte baja. Pero la avería no parecía ser obstrucción o cables bloqueados. Los ascensores no parecían tener corriente.

En origen, tenían que haberse encargado de ese trabajo otros compañeros, David y Abel, pero no estaban localizables y, por ello, acudieron al siguiente oficial de la zona, Jehú con su ayudante Miguel. Sus compañeros no daban señales de vida desde el mediodía, y tanto Miguel como Jehú rápidamente lo acuñaron a que se habían ido unas horas antes a casa y habían apagado el teléfono de la empresa. Después de todo, no era la primera vez que lo hacían. Entonces les tocó a ellos el echar horas extra y acabar ese servicio de aviso, el cual era importante para su empresa puesto que el propietario de la estación comercial tenía más centros comerciales por la ciudad, y habían hecho un negocio redondo con ellos. “Hay que cuidar a este cliente” decía siempre el jefe de la empresa.

─ No veo nada aquí ─ dijo Miguel.

Continuó alumbrando y, cuando se disponía a volver a la azotea con Jehú, algo le hizo pararse en seco. Una especie de ruido húmedo, muy extraño. Miguel se giró despacio. No era de esas personas que tenían miedo a la oscuridad o a los sitios cerrados, pero aquel ruido, a decir verdad, fue algo espeluznante. Tanto, que se le rizó el vello de la nuca.

─ ¿Hay alguien ahí? ─ Preguntó por instinto.

Jehú seguía mirando el cuadro eléctrico. Quería arreglar aquello cuanto antes.

─ Me cago en la puta ─ maldijo Jehú, aunque lo dijo a modo de victoria más que de queja ─. Aquí estás.

Jehú dio con el problema. Uno de los diferenciales se había quemado. Jehú pensó que aquel fallo podría haber sido por la lluvia. Esperaba que no fuera así ya que les tocaría hacer un arreglo mucho mayor, uno de aislamiento posiblemente. Debería de tenerlo. Pero quizá habrían usado uno defectuoso. A veces pasa.

─ He dado con el fallo, no toques nada allí abajo ─ decía Jehú por el walkie mientras, agachado de nuevo, buscaba un diferencial igual al que se había quemado, uno con el mismo voltaje ─. De hecho, sube aquí ya ─ le ordenó a su compañero.

Jehú cortó la luz del cuadro, no quería correr riesgos, además de ponerse sus guantes de aislamiento. Con el destornillador soltó aquellos cables y cambió el diferencial después de sanear dichos cables. Los solían dejar un poco más largos por esas mismas razones. Una vez cambiado, solo faltaba dar al diferencial superior para proporcionar corriente a todo el cuadro. Pensó en dar la corriente, pero prefirió esperar a que Miguel volviese.

Esperó un buen rato, e incluso le llamó por el walkie, pero no respondía.

Finalmente le pudieron las prisas y las ganas por volver a casa. Cuando estaba a punto de dar corriente, varios aviones sobrevolaron el edificio. Aquello le asustó al principio, pues el ruido que hacían cortando el viento era muy, muy fuerte. Eso significaba que volaban muy bajo.

─ ¿Qué cojones…? ─ dijo para sí.

Negó con la cabeza, y accionó el diferencial.

Entonces llegaron las explosiones.

Jehú, del susto, se cayó de culo al suelo. No era la primera vez que había escuchado que un cuadro eléctrico escupía ráfagas de fuego por un fallo de instalación, y aquel cuadro ya había quemado un diferencial. Pero aquel no era el caso, solo fue un susto. Jehú volvió a escuchar las explosiones, eran fuertes y no habían sido muy lejos. Se escuchaban muy diferentes a las películas. Algo demasiado real.

Entonces salió disparado de aquel cuarto. Estaba en la azotea, empapándose de agua de la lluvia. Se veían las luces provocadas por el fuego en la distancia.

Pero no estaba solo, había alguien más en la terraza.

Un guarda de seguridad estaba allí, contemplando los fuegos que provocaban los aviones sobre la ciudad, igual de atónito que Jehú.

Comentarios