VeM - La estación - Capítulo 2: La tienda.
Capítulo 2 - La Tienda
─ Me da igual cuánta gente tengas de baja ─ dijo Eduardo ─. Ese no es mi problema, es el tuyo. Esto tenía que estar ya terminado.
José negaba con la cabeza ─ Y estará terminado, solo que no el día que teníamos planeado.
Eduardo era un chico joven, de unos treinta años. Tenía una ambición para los negocios muy elevada. Desde muy joven tomó las riendas del negocio familiar. Tenía una empresa de venta de electrónica. Pero, con sus conocimientos renovados, consiguió hacer que el negocio creciese tanto, que se repartieron en franquicias en varias comunidades del país. Dejó de lado la venta electrónica menor, y enfocó el negocio a la venta de algo que, en su momento, fue nuevo e innovador, la telefonía móvil.
Eduardo vestía casi siempre de traje, aunque aquel día iba vestido de “sport”. Le pegaba bastante más. No le gustaba acudir así vestido para los negocios, pero José, el capataz y jefe de la empresa que Eduardo había contratado para abrir una tienda en la estación comercial de la ciudad, le había llamado para ampliar el tiempo acordado para la finalización de la obra.
Era ya de noche, anochecía más pronto en aquellas fechas. Eduardo acudió a la cita para discutir con la empresa que contrató para la obra de la tienda la fecha en la que terminarían el trabajo. Deberían de haber terminado según las fechas acordadas. No había causado mucho daño la tardanza puesto que la estación había retrasado la fecha de apertura una semoana más, pero Eduardo era muy exigente, y tenía sus razones.
─ Tendrás que acabarlo antes de que abra la estación, no puedo aplazar nada ─ Eduardo ya tenía sus propios planes. Había contratado a sus empleados y ya tenían una fecha para empezar a trabajar. Había contado con posibles retrasos y había planeado tapar él mismo el hueco durante unos días, pero lo que José le proponía era una semana.
José, de nuevo, negaba con la cabeza ─ Se va a hacer lo que se pueda, pero existe esa posibilidad de no poder…
─ ¡Me da igual! ─ cortó de pronto Eduardo, aparentemente muy enfadado.
José se quedó en silencio. Miraba a Eduardo con una cara desafiante. No estaba acostumbrado a que nadie le gritase. José, a pesar de ser un empresario, se había criado en las calles, con todo lo aquello conllevaba. Tenía una mirada afilada, sus ojos eran rasgados y oscuros. No tenía cabello y mantenía una barba muy apurada, aunque parecía estar descuidada. Eduardo, sin embargo, era un poco más alto. Tenía el pelo peinado al típico estilo de empresario: corto y con la raya a un lado. Tenía una perilla cuidadosamente recortada. Lo sorprendente fue que Eduardo se encaró.
José recordó que ya no estaba en su barrio y que ya no tenía quince años. Entonces suspiró profundamente y dejo de mirar la llave inglesa y dejó de pensar en utilizarla para algo que no estaba ideado cuando se inventó.
Eduardo, ignoró todos los gestos de José.
José estaba en problemas con su empresa, pues la plantilla se le vino abajo con aquella enfermedad. No contaba con muchos trabajadores tampoco, si mucho unos cinco. Pero todos estaban de baja médica por la misma razón, aquella nueva gripe. Pero Eduardo también tenía sus problemas. Su padre había fallecido recientemente y él se había quedado con todo el negocio al completo. Mucho trabajo para una sola persona y, además, su mujer estaba embarazada y no conseguía dormir todo lo que le gustaría.
Rápidamente sacó un paquete de tabaco del bolsillo de su polo de marca cara y le ofreció uno a José ─ Mira, lo siento ─ se disculpó mientras José cogía el cigarro que él le ofreció ─. No es plan de contarte mis problemas, pero los dos estamos en un apuro y a gritos no lo vamos a solucionar.
Entonces dialogaron durante una hora aproximadamente. Una conversación que fue bajando el tono rápidamente. Por fin llegaron a un acuerdo: José contrataría más gente al día siguiente. Cerca de la estación había una cafetería muy famosa en la ciudad, y no lo era por la calidad de su café, sino que se hizo famosa por la cantidad de trabajadores extranjeros (la mayoría sin papeles de residencia) que se apostaban en la puerta en busca de trabajo como obreros, o lo que fuese. Muchos autónomos acudían a ellos, les mal pagaban unos euros al día por su trabajo y salían de un apuro. O simplemente les pagaban por algo que no querían hacer ellos mismos, lo que podría decirse “el trabajo sucio”. José nunca había acudido a uno de ellos, pero no lo descartaba tampoco. Contrataría a unos pocos y, aunque perdería algo de dinero, continuaría teniendo ganancias totales al final de la obra cuando le terminaran de pagar.
Finalmente acordaron aquello y, de buenas maneras, estrecharon sus manos una vez más. Escucharon como una decena de aviones y helicópteros sobrevolaron la zona, aquello no dio mucho pie conversación, pues en el fondo no querían hablar de nada que no fuesen negocios. Se respetaban, sí, pero a ninguno de los dos le caía bien el otro. Solo eran negocios.
Ambos salieron de la tienda en obras. Eduardo bajó el cierre metálico y se agachó para cerrar con llave. José tenía su propia llave con la que entraba. Allí tenía todos los materiales y herramientas en el interior del puesto.
─ Bueno, mañana te llamo y te cuento entonces ─ dijo José.
Eduardo asintió con un cabeceo ─ Mañana hablamos entonces ─ y ambos se despidieron.
José se dirigía a la puerta que llevaba al parking subterráneo donde tenía su furgoneta aparcada. Eduardo, sin embargo, se dirigía a la salida de personal, pues él tenía aparcado su lujoso coche alemán en la calle.
─ ¿Hola? ─ escuchó José decir a Eduardo. Pues estaba todo en silencio y las voces resonaban con eco en todo el pasillo. Entonces se giró para ver a Eduardo acercarse a una mujer de la limpieza, la cual estaba en el suelo ─ ¿Se encuentra bien? ─ Preguntó de nuevo.
José se dio la vuelta y se acercó a Eduardo y a aquella mujer, la cual estaba tumbada junto al carrito de la limpieza.
─ ¿Qué ocurre? ─ Preguntó José cuando ya solo estaba a unos metros de ambos. Entonces, en ese momento, aquella mujer abrió los ojos de golpe. Sus ojos estaban inyectados en sangre. La mujer abrió la boca y, con un extraño rugido similar al de un animal salvaje, la mujer agarró del cuello a Eduardo y llevó su cabeza hacia sus dientes, en un intento desesperado por morderle.
─ ¡¿Qué cojones?! ¡Suelta! ─ Gritó Eduardo desentonando su voz debido a los nervios. Era una escena difícil de creer. Aquella mujer era pequeña, delgada, Eduardo era más grande y corpulento que ella. Pero parecían tener la misma fuerza. No, quizá ella más. Consiguió que Eduardo perdiese el equilibrio y cayese de espaldas al suelo con ella encima, intentando morderle la cara. Los dientes chocaban con un sonido fuerte, seco, a unos centímetros de su nariz.
José echó a correr y agarró a aquella mujer por los hombros. Intentó tirar de ella, pero estaba muy bien encaramada.
─ ¡Suelta! ¡Joder! ─ Eduardo forcejeaba todo lo que podía con ella.
José dudó al principio. Aquella mujer no estaba bien y no parecía que fuese a soltar a Eduardo. Entonces comenzó a golpearla en la cabeza, pero aquella mujer no parecía inmutarse.
Eduardo giró sobre sí mismo para coger inercia y, además, conseguir que aquella mujer perdiese fuerza de agarre, haciendo que ambos giraran como retozando por el suelo. Finalmente, consiguió plegar un poco sus piernas e impulsar con fuerza a aquella mujer , la cual salió disparada y cayó al suelo. Pero acto seguido se levantó de nuevo y volvió a hacer un extraño ruido con la garganta, una especie de ronquido, pero un ronquido espeluznante que helaba los huesos, digno de una película de terror. Aquella mujer tenía sangre en el uniforme, aunque no era la sangre de Eduardo, pues no consiguió morderle. Era su propia sangre, sangre que emanaba de su boca, una sangre negruzca. Echó a correr hacia ambos, pero estos, más ágiles, la esquivaron y esta pasó de largo hasta darse de bruces con el carrito de la limpieza. Era rápida, lo normal en una persona de su edad, pero también parecía ser torpe. Sus movimientos eran muy toscos, básicos.
Eduardo y José no dudaron en echar a correr para huir de aquella mujer. Ninguno de los dos sabía qué estaba pasando exactamente, pero no querían problemas y aquella mujer les daría muchos. Era imposible no pensar en que estaba loca. En que si la tocaban, algo malo pasaría. Ella les denunciaría. Ignoraban el verdadero peligro.
La mujer no tardó mucho en levantarse y en volver a ir a por ellos. Era capaz de correr, aunque aquello no duraría mucho, pues la sangre que la circulaba por las venas pronto dejaría de moverse y, por ello, pronto caminaría lenta y torpemente como otros, como muchos otros. Como todos los que estaban afuera, pero ellos ignoraban por el momento.
José y Eduardo se metieron de nuevo en la tienda y echaron el cierre metálico desde el interior. Ambos se preguntaban qué diablos estaba pasando, aunque ninguno de ellos era capaz de responder al otro.
─ ¡Joder! ─ espetó de nuevo Eduardo mientras enseñaba su teléfono móvil a José ─ No tengo cobertura, ¿tú tienes? ─ Preguntó.
José negó con la cabeza. Ambos se disponían a llamar a emergencias, a la policía o a quién fuese, pero ninguno tenía cobertura en su teléfono. Aquella mujer pronto alcanzó el puesto y, con una furia descontrolada, comenzó a golpear aquel cierre metálico con ambas manos. Lo golpeaba con rabia, y gemía con más rabia aún. Estaba descontrolada.

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